06/08/2018 11:15 Hs.
Opinión
El feminismo, esa revolución gramsciana

Años, décadas y siglos de subalternidad implosiona, desborda, hegemoniza, asedia. No respeta los canones, fluye desde abajo, horizontal, en bloque, sin pedir permiso… Algunos miran azorados. La rechazan, la minimizan, la niegan, como si de ese modo pudieran frenarla. Estamos viviendo un momento -de esos que se dan pocos en la historia- donde sabemos a priori que, más temprano que tarde, la victoria (en este caso, de las mujeres y de todos quienes desean una sociedad más justa) está garantizada. Es tiempo del feminismo, esa revolución gramsciana.

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Por Emmanuel Rossi

En nuestro tiempo, generalmente en el ámbito político/partidario y hasta en el político/social, se suele poner el foco en el polo cultural de la teoría de Antonio Gramsci, en la generación de una hegemonía, de una pugna por el sentido, que decante en un cambio del orden social. Sin embargo, el italiano planteaba el estadio de la guerra en toda revolución. Por aquel entonces, era difícil pensar una transformación profunda del sistema social y evadirse de los tiros. 

Para Gramsci, en lugar de asaltar al Estado había que asediarlo; generar un bloque histórico tan potente y totalizante que la guerra era sólo el periodo final de una práctica que llevaba al extremo la relaciones de fuerzas antagónicas e irreconciliables.

El Gramsci “edulcorado” de nuestros tiempos olvidó esa cuestión, pero allí aparecieron las mujeres para hegemonizar y combatir desde las bases, autogestivas, como bloque, transversales, como pueblo, como masa, como todo lo que enseñaron tantísimas teorías que habían quedado tapadas por el (intencional) desencanto.

El engrosamiento del bloque histórico feminista obedece a una puja cultural, de sentido, que crece a pasos agigantados. Y esto se da de la mano con una belicosidad propia de una historia de opresión. Algunos se asombran, por ejemplo, por una pared pintada o un vidrio roto. Lo asombroso es, en realidad, que no destruyan la tierra; porque cuando hablamos de una historia de opresión no hablamos de hitos aislados, o de cuestiones que sucedieron hace miles de años. Hablamos, además, del día a día, del presente, del padecimiento, de muertes, violaciones y todo tipo de ultrajes, hasta de la más cotidiana microfísica opresiva, tanto económica, como laboral, sexual, etc. 

Por eso la dimensión perdida de la guerra gramsciana está presente aquí junto a la batalla cultural, y por esa totalidad significante, por condiciones históricas, y por las cualidades propias del movimiento, la victoria está garantizada, suscitando un sentimiento que uno prevé existió en otras luchas, en otros tiempos, como en las guerras de independencias de los pueblos: tarde o temprano, se sabe, decantan.

Por estos días, toda esa historia, esa hegemonía, esa revolución pasiva, esa belicosidad intrínseca, esa construcción de sentido de la mano de una enorme fuerza acumulada se encuentran asediando al Estado, al poder político, a la casta (dirían algunos), y la primera batalla sobre la despenalización del aborto ganada por las mujeres en la Cámara de Diputados es algo que resultaba impensado por propios y extraños poco tiempo atrás. Y lo logró pura y exclusivamente el movimiento de mujeres (no un grupo de legisladores iluminados y bienintencionados) con todas las herramientas con las que se logran los grandes, verdaderos y genuinos cambios…

Por eso, y mucho más, por todo lo que queda y por todo lo que vendrá: están haciendo historia, están haciendo escuela, pero sobre todo, están haciendo justicia.
 

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