Es de Capitán Sarmiento y convirtió su salón de fiestas en una olla popular tras los despidos en Granja Tres Arroyos
Claudia Aranda tiene 46 años, dos trabajos y decidió poner su salón de fiestas a disposición de las familias golpeadas por los despidos en la empresa avícola. Prepara más de 300 viandas por día y también ofrece el salón gratis a familias que habían señado cumpleaños para sus hijos pero ya no pueden pagarlos. En una ciudad de unos 15.000 habitantes, se estima que alrededor de 1.500 familias fueron afectadas por la paralización de la planta. “Ya viví el 2001 pero nunca vi algo así”, contó a LANOTICIA1.COM.
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En Capitán Sarmiento, la crisis de Granja Tres Arroyos dejó de ser hace tiempo solamente un problema laboral. El impacto empezó a sentirse en los comercios, en las familias y en distintos sectores de una ciudad donde buena parte de la actividad económica está vinculada, de una u otra manera, con la empresa avícola. Lo que ocurre dentro de la planta terminó repercutiendo mucho más allá de quienes tienen allí su puesto de trabajo y modificó la vida cotidiana de una comunidad acostumbrada a conocerse y a moverse alrededor de unas pocas actividades centrales.
Capitán Sarmiento tiene alrededor de 15.000 habitantes y conserva muchas de esas escenas que todavía permiten hablar de un pueblo: bicicletas que quedan en la calle, puertas que muchas veces no necesitan llave y vecinos que se conocen entre sí. En un lugar así, donde los vínculos personales y comerciales se cruzan permanentemente, una crisis laboral de esta magnitud difícilmente quede encerrada detrás de las paredes de una fábrica.
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De acuerdo con las estimaciones que circulan en la ciudad, unas 1.500 personas quedaron afectadas de manera directa e indirecta por la crisis de Granja Tres Arroyos. El número permite dimensionar por qué el problema alcanza también a familias, comerciantes y trabajadores que no necesariamente tienen una relación laboral directa con la empresa.
Es en ese escenario donde aparece la historia de Claudia Aranda, una comerciante de 46 años que decidió mirar el espacio que tenía disponible y pensar de qué manera podía utilizarlo para ayudar.
Claudia es madre de dos hijos, una mujer de 30 años y un varón de 25, y también es abuela de un nieto que está por cumplir seis. Tiene dos trabajos: es dueña de un local de ropa para chicos y está al frente de Borboleta, el salón de fiestas que abrió hace aproximadamente un año y medio.
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Cuando empezó a dimensionar lo que estaba ocurriendo con Granja Tres Arroyos, pensó justamente en eso que tenía a mano: un lugar amplio, equipado para recibir gente y que podía transformarse, aunque fuera por un tiempo, en algo distinto.
“Bueno, tengo el espacio para hacer algo por todos”, fue la idea que terminó dando paso a la olla popular.
El salón se llama Borboleta, una palabra que en portugués significa “mariposa”, y Claudia eligió ese nombre en homenaje a Gabriela, una amiga que falleció. Allí, donde habitualmente se festejan cumpleaños y otros eventos, empezaron a aparecer ollas, bolsas de alimentos, bandejas y todo lo necesario para preparar una cantidad de comida que crece día a día.
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Junto a familiares, amigos y vecinos, Claudia prepara más de 300 viandas por día. Hay pan casero y pan caliente, y cuando llegan donaciones también pueden sumar frutas, cereales, leche u otros alimentos. Buena parte de los insumos llegan gracias a comerciantes y vecinos que se acercan a colaborar, mientras Claudia y quienes la acompañan se ocupan de convertir todo eso en comida y organizar la distribución.
No es una tarea sencilla ni cuenta con una infraestructura pensada para semejante volumen. Claudia consiguió prestado un disco con el que puede cocinar para unas 300 personas y se las arregla con una garrafa que tiene que trasladar. Entre las ollas y los preparativos, pasa buena parte de la tarde pelando papas, cortando verduras y tratando de que todo esté listo para cuando llegue el momento de repartir.
Empieza alrededor de las 17 y la jornada no termina cuando salen las últimas viandas: después hay que ordenar, limpiar y dejar nuevamente el salón en condiciones. Muchas veces recién termina cerca de la 1 de la madrugada, y al día siguiente tanto ella como quienes la ayudan tienen que volver a sus trabajos.
“No tenemos tiempo de nada”, contó a LANOTICIA1.COM. Y enseguida agregó: “Terminamos todos cansados porque al otro día la mayoría trabaja”.
Mientras tanto, Borboleta sigue funcionando como salón de fiestas porque hay eventos que ya estaban previstos y compromisos que deben cumplirse. Claudia intenta entonces hacer convivir las dos cosas: el trabajo con el que sostiene su vida cotidiana y esta tarea que decidió asumir cuando vio la situación que empezaba a atravesar su ciudad.
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Una ciudad que siente el golpe
Claudia conoce de cerca cómo se mueve la economía de Capitán Sarmiento y entiende que el problema de Granja Tres Arroyos termina repercutiendo en prácticamente todos los sectores. “Creo que medio pueblo se mueve a través de Granja Tres Arroyos. Todos esperamos las quincenas de Granja Tres Arroyos como comerciantes. Se notó un montón”, contó.
Lo que explica es que el efecto no termina en el trabajador que dejó de cobrar. Detrás de cada puesto de trabajo hay una familia y, a partir de allí, otros empleos, comercios y actividades que también dependen de que ese ingreso siga circulando. Una persona puede perder su trabajo y, al mismo tiempo, afectar el de alguien que trabaja en su casa, a quien le cuida los chicos o a quien le vende todos los días.
“Es como una cadena”, resume Claudia.
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Por eso habla de familias completas que quedaron sin trabajo y de una situación que también alcanzó a personas que llevaban décadas vinculadas con la empresa o con la economía que genera a su alrededor.
Nunca había visto algo semejante en Capitán Sarmiento. La crisis de 2001 también le tocó vivirla, pero cuando compara aquella experiencia con lo que observa ahora, marca una diferencia que para ella resulta difícil de explicar solamente con números.
“Yo nunca vi algo así en Capitán Sarmiento. A mí me tocó vivirla en el 2001, no fue tan así, pero teníamos un trabajo y nos pasó lo mismo. Nunca lo viví así, de estar con la gente, de que... nada, gente que trabajó toda su vida y hoy está pidiendo una vianda. Es muy fuerte”, contó a LANOTICIA1.COM.
Esa es, justamente, una de las imágenes que más la impactaron desde que comenzó con las viandas: encontrarse con personas que durante toda su vida trabajaron y que ahora tienen que acercarse a pedir un plato de comida. Para Claudia, esa escena resume mejor que cualquier estadística la profundidad que alcanzó la crisis.
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Las viandas no están destinadas exclusivamente a trabajadores de Granja Tres Arroyos o a sus familias. El que necesita puede acercarse y recibir un plato de comida, y cuando hay personas mayores o familias que no tienen posibilidades de llegar hasta el salón, Claudia y quienes la acompañan también buscan la manera de llevarles la comida.
En una de las primeras jornadas incluso tuvieron que volver a cocinar porque lo que habían preparado no alcanzó para todos los que se acercaron. Ahora, además, necesitan vehículos para poder trasladar las viandas y llegar a quienes están más lejos o directamente no pueden movilizarse.
“Es triste que nos esté pasando todo esto a todos”, expresó Claudia.
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Un salón para ayudar
La decisión de abrir Borboleta para cocinar no fue la única manera que encontró Claudia para acompañar a las familias afectadas. También decidió ofrecer el salón de fiestas de manera gratuita a quienes tuvieron que cancelar los cumpleaños de sus hijos porque perdieron el trabajo y ya no podían afrontar ese gasto.
“Es lo único que puedo darle hoy”, explicó.
En su propia familia tampoco hubo dudas cuando decidió involucrarse. Claudia cuenta que siempre le gustó ayudar y que sus hijos y el resto de su entorno la acompañan en lo que hace. “Siempre me gustó hacer todo esto, entonces me bancan siempre. No lo dudan y tiramos todos para el mismo lado”, contó.
Y la solidaridad no quedó concentrada en una sola persona. En Capitán Sarmiento, muchos comerciantes están colaborando con mercadería y alimentos, mientras que también se sumaron gimnasios, amigos, instituciones y vecinos que acercan lo que pueden. El Club de Leones aportó carne y hubo también personas que eligieron hacer donaciones de manera anónima.
Claudia tiene, además, una amiga de hace 42 años que sostiene un merendero en Carmen de Areco. Las dos crecieron vinculadas a este tipo de tareas y, con el tiempo, ayudar a otros se convirtió casi en una costumbre.
“Nos sale, ya es normal”, dice.
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Hace tiempo que Claudia sueña con tener su propio merendero, aunque reconoce que hoy la situación económica no le permite sostener un proyecto de esas características. Por ahora, hace lo que puede desde Borboleta y con los recursos que tiene, acompañada por una red de personas que fue creciendo a medida que aumentaba la necesidad.
Por eso, cuando habla de lo que está pasando, insiste en quitarse protagonismo y mirar hacia el conjunto de la comunidad. “El pueblo es re solidario, re solidario”, repite, y también destaca el acompañamiento del municipio: “El municipio está ayudando un montón dentro de lo que puede. Entre todos”.
Claudia tampoco quiere que la historia quede puesta sobre ella ni que la presenten como una heroína. Después de varios intentos de LANOTICIA1.COM para poder hablar con ella, finalmente accedió a contar su historia, aunque reconoce que le da vergüenza que se destaque lo que está haciendo, porque entiende que son muchas las personas que están colaborando de distintas maneras.
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Hay comerciantes que donan mercadería, vecinos que acercan alimentos, instituciones que colaboran y personas que, desde distintos lugares, decidieron hacer algo frente a una situación que nadie en Capitán Sarmiento esperaba atravesar de esta manera.
Por eso Claudia vuelve una y otra vez sobre la misma idea: “Es un granito de arena cada uno, porque no soy la única que lo está haciendo”.
Y mientras la crisis de Granja Tres Arroyos sigue golpeando a una ciudad que todavía intenta dimensionar el alcance de lo que está pasando, en Capitán Sarmiento también aparece otra postal: la de un pueblo que se organiza para que a nadie le falte un plato de comida.
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Claudia es una de las tantas personas que decidieron no mirar para otro lado. No quiere que la historia quede solamente en su nombre ni en las puertas de Borboleta, porque entiende que detrás de cada vianda hay comerciantes, vecinos, amigos, instituciones y familias que también están poniendo algo de su parte.
“Entre todos”, repite.
Y en esa frase parece resumirse buena parte de lo que hoy sucede en la ciudad.
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