24/11/2020 00:00 Hs.
OPINIÓN
El problema preideológico posmoderno: pensar a la deriva sin concepto de Totalidad y el individualismo progresista
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Por Emmanuel Rossi

El efecto de la categoría de totalidad impone su vigencia precisamente porque en la acción que, desde el punto de vista del contenido y desde el de la conciencia, parece agotarse en la relación con objetos singulares, se encuentra esa intención de transformación del todo, y la acción, de acuerdo con su sentido objetivo, se orienta realmente a la transformación del todo.

Georg Lukács

 

Je est un autre.

Arthur Rimbaud

 

 

Asistimos en la actualidad a una activa militancia individualista, tanto de derecha como de izquierda. Como dos caras de una misma moneda, quienes se presentan como antítesis en realidad no lo son tanto. El problema que los atraviesa es previo a su adoptación ideológica, y tiene que ver con la concepción de la realidad que presentan, y con sus modos de abordaje.

Si bien las lógicas liberales y racionalistas siempre se posaron sobre cierto relativismo individual (denunciado ya concretamente en la década del 40 por Max Horkheimer y Theodor Adorno, entre otros, y también desde la literatura por Aldous Huxley un tiempo antes), sorprende que sectores progresistas (de cualquier vertiente) hayan caído en las últimas décadas en una especie subjetivismo pueril.

El concepto de Totalidad fue muy trabajado por teóricos marxistas, y todo movimiento social y popular del Siglo XX proyectaba desde una lógica de totalidad. Más allá de que la totalidad no se presente como algo dado per se, natural, es lo que permite pensar, ordena, supone que el todo es más importante que el aglutinamiento de las partes y otorga sentido. Pero lo más relevante -que es lo que los amantes, a veces tácitos, del posmodernismo han querido olvidar- es que la realidad es externa al sujeto. Si bien se puede abordar desde diferentes conceptualizaciones -siempre en tensión-, en lo que no se puede caer es en la afirmación dogmática de que mi propia singularidad crea el mundo. “No es la consciencia la que determina la realidad, sino la realidad la que determina la consciencia”, decía Karl Marx en una de sus tantas célebres frases. Allí hay poco margen para otras interpretaciones. Y lo mismo sucede con Perón. (Lo traigo a colación ya que en Argentina cierto progresismo se enrola con el movimiento impulsado por el General, muchas veces pretendiendo desentenderse de su condición de militar). Perón y concepto de Totalidad son sinónimos. Ver supuestos peronistas y marxistas en la actualidad militando cuestiones del orden de “hay tantas verdades como sujetos”, y aledaños, es una tremenda derrota cultural de esos sectores, porque ello implica una profunda exaltación de lo individual por sobre lo colectivo. Toda su lógica de proyección política está basada en un relativismo maniqueo y narcisista. ¿Cómo hacer una revolución así, sin totalidad? ¿Cómo hacer una revolución así, si todo parece tener el mismo valor y resultado? ¿Cómo hacer una revolución así, si no tengo la posibilidad de generar directrices que amalgamen el conjunto? ¿Cómo hacer una revolución así, si cada uno tiene un norte individual unívoco y propias entelequias de análisis? Es imposible, claro. 

No obstante, más allá del empeño de estos espacios, la realidad constantemente los golpea en la cara; y la “Verdad” (como uno de los conceptos para abordar la Realidad), también. Y el “Lenguaje”, también… Mientras esta batalla fútil y quijotesca (en la mala acepción) sucede, aumentan las desigualdades, la pobreza y la injusticia, claves que la izquierda olvidó hace tiempo para centrar sus luchas en dispositivos de pertenencia tribal, clichés aburridos y en la propia exaltación del yo. Ya no hay ninguna intención de trastocar el orden estructural de la sociedad. Lo que se busca es simplemente una “revolución” formal, con un gran dejo de moralina; un cambio de maquillaje, a veces de sólo palabras, incluso de sólo una letra. Es una “revolución” parida al calor de un solipsismo infantil que se vuelve reaccionaria -y hasta a veces fascista- sobre su propio eje. Una “revolución” de modales sin sentido, autoritaria, blanca, impostora, y con un importante tufillo de superioridad por sobre el conjunto social, cuestión que produce, habitualmente, un hartazgo generalizado en las grandes mayorías que, como suele suceder, terminan encontrando refugio en quienes no los sermonean las 24 horas del día con slogans baratos y significantes vacíos (muchas veces adoptados sin filtros de espacios liberales norteamericanos).

Esta postura, además, ha generado una suerte de chantaje -implícito y explícito- provocando internamente que pocos se atrevan a realizar reparos sobre ella por temor a ser tildados de retrógrados y/o de sufrir escarnios mucho más graves. (También están los acomodaticios que se alinean silenciosos con el clima de época para obtener rédito particular, pero este tema es para otro apartado).

De este modo, el progresismo posmoderno se tornó sectario, antiintelectual, por momentos conservador, por momentos censurador, y siempre intrínsecamente contradictorio (porque “hay tantas verdades como sujetos” pero sólo son válidas aquellas verdades que refuerzan mi propio sistema de ideas y creencias), logrando como resultado precisamente todo lo contrario a lo que dice pregonar.

*Ilustración: Catinga, publicado originalmente en "Alegría".

 

Por el otro lado, la derecha, feliz, muy feliz, ya que no debe esforzarse demasiado en implantar sus doctrinas. Tiene súbditos que hacen el trabajo sucio en su lugar, y con ímpetu.

En este marco, se reitera, los grandes problemas se tornaron poco apetecibles para estas izquierdas; es que cada militante (la mayoría de las veces militante sólo de redes sociales) está muy ocupado viendo qué nuevo subjetivismo puede inventar, qué realidad puede ajustar a su propio interés personal, qué nueva estupidez puede esbozar en su universo de fantasías para tratar de quedar más a la izquierda que el resto. Porque como dijimos, el individualismo -otrora motor del liberalismo, aunque con un basamento disímil- es aquí lo único que importa. Aquí no hay otredad ni conciencia sobre la indeterminación de “lo que puede un cuerpo”; sólo hay una reivindicación del ego de un modo similar a la de los manuales de autoayuda y al de los preceptos religiosos, como si uno -sólo para comenzar- pudiera conocerse a sí mismo (y como si el mundo cambiara por una decisión voluntarista de los particulares).

Los verdaderos dueños de las injusticias sociales más grandes de la tierra pueden dormir tranquilos. Ninguno de estos sectores les disputará jamás ninguna hegemonía estructural. Por el contrario, son quienes ayudan deliberadamente a robustecer el statu quo.

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Derecha e izquierda sin totalidad: dos caras de la misma moneda.