Estela, el pueblo bonaerense sin habitantes que se convirtió en un museo a cielo abierto
Esta antigua localidad de Púan tuvo su auge con el paso del ferrocarril y su decadencia en la década de 1990. En el 2022 se fue el último matrimonial y quedó vacío de pobladores aunque lleno de recuerdos del pasado.
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A más de 600 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en el partido de Puán, hay un lugar donde el tiempo parece haberse detenido. Se llama Estela, y aunque no tiene habitantes desde 2022, encontró, de manera involuntaria, una nueva forma de existir.
Actualmente, atrae a viajeros, fotógrafos y curiosos que buscan una experiencia distinta en un pueblo que no ofrece servicios turísticos sino la curiosidad de sus casas vacías, calles silenciosas y estructuras que resisten el paso del tiempo, como si sus habitantes hubieran salido un momento y nunca regresado.

Llegar no es sencillo. El camino se vuelve cada vez más angosto hasta transformarse en una huella de tierra. No hay carteles ni indicaciones claras. Pero de pronto aparece.
De pueblo ferroviario a paraje deshabitado
Estela nació y creció al ritmo del tren. Durante décadas fue un punto activo del mapa bonaerense, con escuela, almacén, comisaría y hasta una fábrica de harinas. El ferrocarril era su corazón y traía personas, noticias y movimiento.
Pero el cierre de los ramales en los años 90 marcó el inicio de su declive. Como ocurrió en muchos pueblos del interior, la falta de conectividad fue apagando la vida cotidiana. La población comenzó a disminuir progresivamente. En 2001 quedaban apenas 25 habitantes; en 2010, solo dos. Finalmente, en 2022, el último matrimonio abandonó el lugar.

Actualmente, Estela no es una ruina abandonada, sino una especie de memoria a cielo abierto. Sus calles de tierra siguen marcando recorridos que ya nadie hace. Los silos oxidados recortan el horizonte. Las casas conservan detalles mínimos con ventanas entreabiertas, galerías vencidas, objetos que parecen haber quedado en pausa.
El antiguo trazado ferroviario aún puede reconocerse como una cicatriz en el paisaje. Y es justamente esa quietud la que se convirtió en su mayor atractivo.

Sin servicios, sin señal y sin infraestructura turística, el pueblo recibe visitantes que llegan casi en silencio, con respeto. No hay propuestas organizadas ni circuitos señalizados. La experiencia pasa por caminar, observar y detenerse en lo que quedó.
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