La historia de Gisele y Carolina: dos trasplantes de médula que muestran por qué donar puede salvar una vida
Dos mujeres, dos diagnósticos y dos donantes dentro de sus propias familias. Las historias detrás de dos trasplantes realizados en el hospital Rossi de La Plata.
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Gisele Macías es profesora de educación física y tenía apenas 30 años cuando empezó a sentirse cada vez más débil. Lo que parecía una gripe que no terminaba de pasar se transformó en una situación mucho más grave. Por insistencia de su padre y sus hermanas, finalmente consultó a un médico.
El clínico advirtió que algo no estaba bien. No le dio un diagnóstico, pero le indicó con carácter urgente que se hiciera un análisis de sangre y consultara con un hematólogo. Fue ese segundo especialista quien le confirmó la noticia: tenía leucemia, un tipo de cáncer de la sangre, en un estado avanzado y necesitaba un trasplante de médula ósea.
Gisele fue trasladada a un hospital Rossi de La Plata y quedó internada en aislamiento porque prácticamente no tenía defensas. “Los médicos entraban vestidos como en la época del Covid, pero esto pasó mucho antes de la pandemia, en 2016”, recuerda.
La médula ósea es el tejido que se encuentra dentro de los huesos y tiene una función esencial: producir los componentes de la sangre. Allí se generan los glóbulos rojos, que transportan oxígeno; los glóbulos blancos, que participan de las defensas del organismo; y las plaquetas, fundamentales para la coagulación. Cuando una enfermedad afecta ese funcionamiento, el trasplante puede convertirse en una alternativa terapéutica.
Un hospital público que lleva más de 900 trasplantes
En La Plata funciona una unidad que tiene un lugar pionero en la historia de la salud pública argentina. El 23 de septiembre, la Unidad de Trasplante de Médula Ósea del Hospital Interzonal General de Agudos “Prof. Dr. Rodolfo Rossi” cumplió 33 años. Fue la primera unidad de este tipo en un hospital público del país y ya realizó más de 900 trasplantes.
Su jefe de sala, el hematólogo Facundo Colombi Martínez, explica que la médula ósea está presente en la mayoría de los huesos y que tiene una enorme capacidad regenerativa.
En enfermedades como la leucemia, el tratamiento puede incluir altas dosis de quimioterapia o radioterapia destinadas a eliminar la médula enferma. Luego se incorporan células madre sanas que pueden comenzar a producir nuevamente los componentes de la sangre.
Esas células pueden provenir de un familiar compatible o de una persona no emparentada que figure en el registro internacional de donantes de médula ósea. Y ahí aparece uno de los principales desafíos: encontrar esa compatibilidad.
Una hermana gemela, una compatibilidad del 99% y una nueva oportunidad
El padre de Gisele había decidido adoptar dos hermanas gemelas cuando eran pequeñas. Tres décadas después, aquella decisión terminó teniendo una consecuencia inesperada: una de ellas podía convertirse en la donante que su hermana necesitaba.
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Elizabeth no dudó cuando le propusieron donar. Los estudios determinaron que ambas eran compatibles en un 99 por ciento. Para la donante, el procedimiento consistió en recibir una medicación destinada a estimular la producción de células madre. Luego, mediante una máquina de aféresis, se extrajeron esas células de la sangre.
La aféresis permite separar los componentes sanguíneos que se necesitan para el trasplante y devolver al organismo del donante el resto de la sangre. Según explica Colombi Martínez, se trata de un procedimiento probado, seguro e indoloro que no requiere ingresar a un quirófano.
La confusión entre médula ósea y médula espinal alimentó durante años uno de los principales mitos alrededor de la donación: que donar médula implica una punción en la columna. No es así. La médula ósea es un tejido productor de sangre que se encuentra dentro de los huesos, mientras que la médula espinal forma parte del sistema nervioso central y recorre la columna vertebral.
Cuando Gisele recibió las células de su hermana sintió el cambio casi inmediatamente. “Ni bien las recibí empecé a sentir hambre y energía, fue inmediato”, recuerda. Había perdido 15 kilos y ya no tenía fuerzas siquiera para levantarse de la cama.
Pasó cuatro meses internada hasta que las células donadas “prendieron” y comenzaron a formar su nueva médula ósea. El 16 de agosto de este año se cumplieron diez años desde aquel trasplante.
Después del alta, Gisele terminó sus estudios y se recibió de profesora de educación física y de yoga. Hoy trabaja en distintas escuelas, una sociedad de fomento y una institución para personas con discapacidad de Quilmes. “Volver a hacer deporte, que es lo que más me gusta”, dice al recordar lo que significó recuperar su vida cotidiana.
Carolina viajó más de mil kilómetros para encontrar un donante
La historia de Carolina Lamas comenzó de otra manera. Tiene 48 años y es la mayor de seis hermanos. Hace dos años empezó a sentirse débil y pálida. Un desmayo terminó llevando a una serie de consultas y estudios que permitieron llegar al diagnóstico: mielodisplasia, una enfermedad en la que las células productoras de sangre de la médula ósea presentan alteraciones y no maduran adecuadamente.
Carolina es de Luján de Cuyo, Mendoza, pero para recibir el tratamiento que necesitaba tuvo que viajar más de mil kilómetros hasta La Plata. Fue derivada a la Unidad de Trasplante de Médula Ósea del hospital Rossi, uno de los establecimientos públicos con la complejidad necesaria para realizar este tipo de procedimientos.
Una vez en el hospital comenzó otra búsqueda: encontrar un donante compatible. Los estudios entre los seis hermanos se iniciaron hace un año y, de los cinco posibles donantes, René resultó ser el más compatible. “Para mí era muy triste, es mi hermana y además es la mayor, la que siempre nos cuidó”, cuenta René.
Para acompañarla durante el proceso, René se instaló durante las semanas previas al trasplante en el Hogar de Tránsito del Cucaiba, en Ensenada, a pocos minutos del hospital donde su hermana estaba internada.
Por qué hacen falta más donantes
Las historias de Gisele y Carolina tienen algo en común: ambas encontraron dentro de su propia familia a una persona compatible. Pero esa posibilidad no es la más habitual.
Tres de cada cuatro personas que necesitan un trasplante de médula ósea no encuentran un donante compatible dentro de su familia. Por eso, los registros de donantes voluntarios resultan fundamentales para quienes necesitan encontrar una compatibilidad fuera de su entorno familiar.
En la provincia de Buenos Aires existen distintos centros donde es posible registrarse como donante. Los requisitos generales son tener entre 18 y 40 años, pesar más de 50 kilos y encontrarse en buen estado de salud.
El primer paso consiste en acercarse a un centro de donación de sangre de la provincia. Allí se brinda información sobre el procedimiento y se toma una muestra de sangre para realizar los estudios correspondientes. Si se cumplen las condiciones, la persona ingresa al registro internacional de donantes y queda disponible para una eventual búsqueda de compatibilidad.
Eso no significa que vaya a donar inmediatamente. La donación sólo se concreta si en algún momento aparece una persona compatible que necesite un trasplante y el donante confirma su disponibilidad.
El momento más delicado llega después del trasplante
El trasplante no termina cuando las células del donante ingresan al organismo del paciente. De hecho, comienza entonces una de las etapas más delicadas del tratamiento.
Antes de recibir las nuevas células, la persona es sometida a altas dosis de quimioterapia o radioterapia que eliminan la médula enferma. Durante ese período se produce una insuficiencia medular provocada: el organismo deja temporalmente de producir glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas en cantidades suficientes.
Las nuevas células necesitan tiempo para instalarse y comenzar a producir sangre. “Ese periodo de transición es uno de los momentos más delicados relacionados al trasplante”, explica Colombi Martínez.
Por eso los pacientes permanecen internados y son monitoreados de manera permanente por equipos integrados por médicos de distintas especialidades, enfermería, psicología y trabajo social, que también acompañan al grupo familiar. Gisele atravesó ese proceso hace diez años. Hoy, cuando habla de aquella experiencia, dice que cambió su manera de mirar la vida.
“La cosa más simple, sentirle el gusto a la comida, correr o charlar con una amiga tienen, después de esa experiencia, mucho más valor”. Y por eso insiste con un mensaje que nació de su propia historia: registrarse como donante puede significar que, algún día, alguien que no conocemos tenga la posibilidad de volver a empezar.
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