Una noche de pesca en el río Paraná: el día en que una raya se convirtió en 15 kilos de milanesas
La pesca en verano alienta a ir en busca de surubí. Y si no se encuentra lo deseado, todo ejemplar viene bien para disfrutar de la velada. En este caso, una salida deparó sorpresas. Después de más de 20 minutos de trabajo, un joven logró una captura que le puso “sabor” a la aventura.
La pesca nocturna en la costa del río Paraná Inferior (norte de la provincia de Buenos Aires) es una costumbre que se incrementa cada verano. Con el calor, algunas especies aprovechan la oscuridad para alimentarse y se desplazan hacia zonas estratégicas, como las desembocaduras de ríos y arroyos, donde abundan las presas más pequeñas.
Entre ellas se destaca el surubí, un pez tan buscado como difícil de capturar, protagonista de innumerables historias que no siempre terminan con la caña doblada. Muchas veces caen en las redes.
Hacia la aventura se lanzaron Kiki y sus parientes, quienes decidieron pasar una velada a orillas del río Baradero, un brazo del Paraná, con la ilusión de dar con uno de esos ejemplares cuyos tamaños son considerablemente menores a los que se obtienen en el norte del litoral argentino.
Cerca de la medianoche, el silencio se quebró: la tanza se tensó y la caña comenzó a sacudirse con fuerza. La primera sensación fue unánime: algo grande había mordido el anzuelo.
Cuando Kiki empezó a recoger, el entusiasmo creció y la escena cobró intensidad. Desde primer momento no fue una tarea sencilla.

Durante más de veinte minutos, la incertidumbre mantuvo a todos en vilo. Hubo apuestas arrojándose definiciones sobre la pieza que estaba enganchada. “Es un surubí enorme”, arriesgó uno. “No, eso es una raya; se pega al fondo, por eso está pesada”, opinó otro, mientras la caña seguía exigiendo brazos firmes y paciencia.
Finalmente, bajo la luz de una linterna y ya en la orilla, se rompió el misterio. Un intenso aleteo se tornó intenso. Ya no había dudas: era una raya.
La sorpresa dio paso a la risa y a la celebración, coronada por una frase que desató la algarabía y retumbó en la oscuridad: “¡Las milanesas que nos vamos a comer!”.
La raya -habitual en la zona- pesó 30 kilos y midió 45 centímetros de diámetro. Tras retirar la piel, las aletas se transformaron en unos 15 kilos de milanesas, suficientes no solo para el almuerzo del día siguiente, sino también para varias comidas más y con convite hacia los parientes. Había para todos.
Esta es una historia más entre tantas que deja la pesca, donde no siempre se encuentra lo que se busca, pero aun así suele regalar anécdotas y saldos que resultan agradables para los protagonistas.
Muchas veces esos relatos no están documentados y allí es cuando crece la desconfianza de los cuentos de los pescadores, de quienes se sospecha que siempre agregan algunos datos que van más allá de la realidad, y que suelen ser tan tremendos como dudosos y risueños.
En este caso, todo quedó documentado.
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