Ludopatía: el desafío de rescatar a los jóvenes de las apuestas deportivas online
El 26,2% de los estudiantes secundarios participó en apuestas con dinero durante el último año. Brasil prohibió las apuestas online. ¿Argentina debe seguir el mismo paso? El papel que puede jugar la práctica del deporte, alejado del consumo. La opinión del psicólogo Agustín Dellepiane y la Licenciada en Educación Física Carolina del Cerro.
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Las apuestas online y la creciente tendencia a las adicciones genera la preocupación de expertos y las autoridades que apuntan a ponerle un límite a la promoción de este segmento del juego.
En las últimas semanas, con una orden de aplicación inmediata firmada por el presidente Lula, en Brasil se prohibieron las apuestas deportivas y los casinos online en todo el país.
Además, en la Legislatura bonaerense, bajo la consigna “Las apuestas no son un juego”, legisladores presentaron en la Cámara de Diputados bonaerense un proyecto de ley que busca establecer un régimen integral de prevención de la ludopatía y regulación de las apuestas en línea en la provincia de Buenos Aires, que pone especial foco en los riesgos que esta actividad representa para niños, niñas y adolescentes.
Para fundamentar la propuesta, los legisladores citaron un estudio de la SEDRONAR, el cual indica que el 26,2% de los estudiantes secundarios participó en apuestas con dinero durante el último año. De ese total, el 22% corresponde a estudiantes bonaerenses. El informe advierte sobre consecuencias graves, tales como el endeudamiento familiar, problemas de salud mental y dificultades en el rendimiento escolar.
En este panorama, un psicólogo especialista en ludopatía Agustín Dellepiane (quien ya ha sido consultado por LANOTICIA1.COM sobre este tema) y la licenciada en Educación Física especialista en adicciones, Carolina del Cerro, reflexionan sobre qué lugar puede ocupar el deporte frente a este consumo en la Argentina.
¿Apuestas deportivas o apostar por el deporte?
En el escenario actual, separar el fútbol de las apuestas deportivas se ha vuelto una misión imposible. A pesar de aquella frase icónica de Maradona, la pelota terminó manchándose: hoy vemos jugadores de inferiores que se dejan perder porque ganan más apostando en contra que con el sueldo, clubes que necesitan la derrota de su equipo para pagar la luz, e ídolos de niños y adolescentes convertidos en carteles vivientes de casas de apuestas. Ese mismo mercado ya no distingue géneros: recluta a mujeres del espectáculo para publicitar sitios de apuestas, allí donde el consumo supo tener una clara prevalencia masculina. Durante un partido, la pantalla ya no difunde solo el deporte: transmite la posibilidad de ganar dinero fácil, de ser el adivino que descifra el azar, a través de la ilusión de controlar lo que, por esencia, resulta inmanejable. Las billeteras virtuales disparan notificaciones al ritmo de los goles, con bonos diseñados para explotar el impulso bajo aquel viejo concepto: "la primera te la regalo, la segunda te la vendo".
Mirar un partido sin la tentación de la recompensa se ha vuelto un acto de resistencia, mientras streamers construyen popularidad desprestigiando el esfuerzo cotidiano: "vos te estás levantando para ir a trabajar y yo tengo 30 mil dólares para apostar". Y si eso no alcanza para capturar a los más jóvenes, el sistema tiene un anzuelo final: el prode "gratuito", trampa perfecta donde lo que se confisca no es dinero sino el deseo y la atención.
Lo que decidió Brasil
El 25 de septiembre, a nueve días de las elecciones presidenciales, Lula firmó la Medida Provisoria 1.394, que prohíbe explotar, ofrecer, intermediar y publicitar apuestas deportivas y casinos online en todo el país. Desde ese mismo día quedaron vedados los nuevos depósitos en las plataformas y los nuevos contratos de publicidad; los sitios deberán salir del aire a partir del 6 de octubre. El gobierno la presentó como la respuesta a un problema de salud pública, asociado al endeudamiento de las familias y a la adicción, en un mercado que movía alrededor de 60.000 millones de reales por año. El giro llama la atención: menos de tres años antes, el propio Lula había sancionado la ley que regulaba el sector (la Ley 14.790, de diciembre de 2023). Su explicación fue, en síntesis, que la regulación no alcanzó: cada vez que se ponía una regla, aparecía una plataforma nueva. Los clubes de fútbol, principales receptores de ese dinero, ya advierten por la pérdida de sus patrocinios.
Se trata de una medida que debemos seguir de cerca desde nuestro país. Brasil y la Argentina abrieron las puertas a las apuestas online casi en simultáneo, hacia fines de la década pasada, y en ese mismo lapso vieron cómo se resentía la salud mental de su población, crecía la ludopatía y el endeudamiento familiar se convertía en un problema de Estado (la medida de Brasil acompaña la prohibición con un programa para renegociar las deudas de los hogares). En la Argentina, donde hay un proyecto de ley sobre el tema que ya cuenta con media sanción de Diputados, será importante leer esa experiencia con atención. Y preguntarnos, mientras tanto, qué ofrecemos a cambio: una prohibición puede cerrar plataformas, pero no produce por sí sola otro lugar hacia donde llevar el deseo y la atención que esas plataformas capturaban.
¿Cómo rescatamos al deporte, y para qué?
Padres y educadores describen escenas que preocupan: niños sin interés en moverse, berrinches extremos cuando se les quita el celular, mandos revoleados en medio de una partida de consolas, la adrenalina y desesperación de adolescentes que ya apuestan online. La quietud propia del juego virtual acumula emociones sin elaborar en los más chicos, hasta que el cuerpo estalla o la pantalla se apaga.
¿Qué lugar puede ocupar el deporte en este escenario? No nos referimos a sus beneficios físicos, ya indiscutidos, sino a un aporte menos visible: el juego. En la misma línea, Haidt -en su libro "La generación ansiosa" (2024)- sostiene que el juego permite formar vínculos de cooperación y gestionar, procesar y superar frustraciones, emociones, injusticias y conflictos. Gaudio y Mirc, por su parte, en "Notas sobre el juego hoy" (2020) señalan el trabajo que allí se produce sobre la función de la espera. Hablamos del deportista que construyó adherencia y compromiso hacia su disciplina, no el que asiste por mandato: no es el deporte en sí el que previene, sino los sentidos que se construyen en su práctica, entre entrenadores, jugadores y familias (Schmidt et al., 2019). Ahí no hay recompensa inmediata ni botón para desaparecer frente a un error: hay que poner el cuerpo, mediar, acordar, atravesar la frustración sin abandonar. Aprender lleva tiempo -la literatura del entrenamiento habla de unas 10.000 repeticiones para automatizar una habilidad técnica y ese tiempo no se puede eludir. El deporte no ofrece garantías ni soluciones mágicas: es una herramienta colectiva que cada joven vive desde su singularidad. El desafío de adultos y familias está en saber acompañar ese proceso.
El deporte como un hogar
Acompañar también es detectar, desde el club o la escuela, alguna señal de consumo problemático cuando la familia no logra hacerlo. Como aquella chica de catorce años cuya madre, en la única cita a la que asistió, dijo: "ya no sé qué hacer con ella". Su entrenadora decidió ofrecerle ayudar en los entrenamientos de las más chicas: sin decirlo, aseguraba que estuviera lúcida en ese horario y le daba un rol, un valor más allá de ser jugadora. Al principio no fue fácil: ausencias, llegadas tarde, silencios. Nunca se habló de su consumo ni se buscó frenarlo directamente; sí se abrió el diálogo, sostenido con escucha activa, cada vez que fue posible. A los cuatro meses, ya comprometida con su rol, se acercó y dijo, sin introducción: "es muy loco, me siento más en mi hogar acá que en mi propia casa". La adherencia, el valor dado a su presencia y una mirada atenta fueron todo lo que hizo falta para que no abandonara algo que la alejaba del consumo y le hacía bien.
Ese, quizás, sea el verdadero rescate del deporte: no orientar la intervención a intentar evitar o frenar el consumo (la ilusión de encarnar el rol de superhéroes) sino ofrecer un espacio que aloje y en el que se vaya horadando el valor atribuido al consumo hasta que ya no valga la pena. Un decreto puede apagar las plataformas; pero es sólo el comienzo para realizar otras tareas que den alojamiento a quienes quedaron del otro lado de la pantalla.
Sobre los autores
Agustín Dellepiane
- Nació en Villa Martelli, en 1978.
- Es escritor y Licenciado en Psicología, egresado de la UBA.
- Desde el 2007 trabaja en el Programa de Prevención y Asistencia al Juego Compulsivo del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires.
- Fue coordinador del Centro de Vicente López de dicho programa.
- Publicó el libro de poemas "Irrupciones", “Ludopatía, una adicción silenciosa”, y un libro de cuentos.
- Colaborador en medios de comunicación y webs.
- Co-fundador de Diálogos para Sumar
- Instagram: Agustín Dellepiane
Carolina del Cerro
- Licenciada en Educación Física (UNSaM)
- Especialista en Drogadependencias (UNT)
- Profesora Educación Física Isef N°1 y N°2
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